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Coche, avión, tren, autobús, furgoneta y autoestop

El viaje desde Windhoek (Namibia) hasta Vilanculos (Mozambique) fue una verdadera odisea, uno de esos trayectos complejos y repletos de condicionantes, en los que si un avión se atrasa pierdes el autobús, o si llegas tarde a coger la furgoneta te quedas tirado a medianoche en medio de la nada. En definitiva, una prueba de resistencia en la que me sorprendieron gratamente tanto mi cuerpo como mi mente.

Nos despertamos en el Chameleon Backpacker Hostel, situado en Windhoek, la capital de Namibia, sin prisa, ya que no teníamos que entregar el todoterreno hasta las doce del mediodía. Así pues, desayunamos tranquilamente, empaquetamos todo en nuestras mochilas y tras explicar detalladamente nuestro plan de viaje a familiares y amigos más cercanos (es recomendable hacerlo siempre, si desapareces, para que sepan por dónde empezar), nos pusimos en marcha. El plan era entregar el vehículo en la compañía de alquiler e intentar que no nos cobrasen los desperfectos que tenía, tomar un taxi al aeropuerto, volar a Johannesburgo, rezar para que no hubiese retrasos, tomar el metro o un taxi hasta la parada de autobuses y allí subirnos a la guagua que nos llevaría hasta la capital mozambiqueña, después debíamos de buscar la manera de llegar hasta Vilanculos, donde nos esperaba Romi, una israelí que conocimos en las Cataratas Victoria.

Salimos con el todoterreno hacia la compañía de alquiler, llenamos el depósito de camino e hicimos los papeles pertinentes en la oficina. El parabrisas estaba picado por culpa de una piedra y no pudimos librarnos de declarar dicho desperfecto, pero los rayones y las ruedas pinchadas colaron. Nos dijeron que como el coche debía ser reparado, tenían que llevarlo a la central de la compañía, que está situada en el aeropuerto, así que nos ahorramos el dinero del taxi, ya que pudimos llegar conduciendo el coche. Allí tuvimos una pequeña discusión con el encargado acerca del peritaje de daños que nos habían hecho, pero la cosa no fue mal para nosotros.

El vuelo no tuvo mayor misterio, todo en orden, sin problemas en la aduana ni retrasos de horario; lo cual fue todo un alivio. Así que llegamos con tiempo a Johannesburgo y pudimos tomar el metro tranquilamente hasta la estación de autobuses. Aquí la cosa empezó a complicarse, tuvimos que pasar un montón de controles antes de subirnos al bus, y terminamos partiendo con hora y media de retraso, a las 23.30 de la noche. Además, parece ser que vendieron más plazas de las debidas, y hubo follón por el overbooking. Dentro de lo que cabe, pudimos dormir bastante bien, y nos despertamos al alba en la frontera con Mozambique. Como todas las fronteras, esta también costa de dos partes: la sudafricana, en la que te ponen el sello de salida, unos metros en tierra de nadie, y después, la de Mozambique, en la que te ponen el sello de entrada. La cola era una real barbaridad, cientos y cientos de personas agolpadas en una hilera kilométrica, pero por suerte, el avance no era extremadamente lento, así que en cosa de dos horas, volvimos a subirnos al autobús rumbo a Maputo. La hora estimada de llegada eran las nueve de la mañana, pero el tráfico en Maputo es de lo peor que he visto jamás y tuvimos que aguantar horas dentro del autobús, donde el aire estaba cargadísimo y era casi irrespirable. Al final llegamos a las 11.30.

¿Y ahora qué? teníamos que encontrar la manera de llegar hasta Vilanculos, 700 kilómetros al norte de Maputo, así que preguntamos en la oficina de la compañía que nos había traído hasta si conocían dónde podíamos encontrar algún medio de transporte que nos llevase a nuestro destino. Nos dieron la indicaciones adecuadas y nos pusimos manos a la obra: tomar una chapa hasta Junction y allí preguntar. Las chapas, conocidas como combi en Sudáfrica, son furgonetas destartaladas que transportan viajeros de un lugar a otro a precios irrisorios, pero que siempre van llenas hasta las trancas, con gente sentada una encima de otra, etc. Así que nos pusimos en la zona en la que paraban las chapas y nos subimos a la que nos llevaba a la estación de “autobuses” de Junction.

Nada más llegar a la estación, varias personas empezaron a preguntarnos a dónde queríamos ir, qué buscábamos, eran los típicos comisionistas, así que pasamos de ellos y fuimos directos a la ventanilla, donde nos dijeron que preguntásemos en el otro extremo de la estación. Así, mientras cruzábamos la parada de lado a lado, vimos un minibus que tenía un montón de personas congregadas a su alrededor, el que parecía el director de aquella peculiar orquesta nos preguntó a dónde queríamos llegar, y le dijimos que nos dirigíamos a Vilanculos; enseguida nos dijo que no había ningún medio de transporte que saliese en esa dirección hasta el próximo día, pero que su autobús llegaba hasta Massinga, a unos 500 kilómetros al norte de Maputo, pero todavía a 200 kilómetros de Vilanculos. Nos prometieron que podríamos pasar la noche en Massinga y tomar una chapa al día siguiente para llegar a nuestro destino final. También nos prometieron que tardaríamos 8 horas en llegar a Massinga.

El viaje fue un suplicio. Llevábamos sin comer nada decente desde el día anterior en el avión, íbamos como sardinas en lata dentro del minibus, hacía calor, llovía, y sólo paramos una vez en las casi 11 horas que duró el trayecto. Pasé todas esas horas en posición fetal, y cuando conseguía quedarme dormido, me despertaba porque mi cabeza rebotaba repetidamente contra mis rodillas. Tras el calvario, llegamos a Massinga, que estaba más cerca de ser una aldea que un pueblo, y pese a que era casi medianoche, decidimos no quedarnos a dormir y hacer autoestop.

Teníamos la esperanza de que alguien nos recogiese, y en algo menos de una hora con el pulgar levantado, conseguimos subirnos en el remolque de un camión. Aquí por lo menos podíamos estirar las piernas, y aunque hacía fresquera por el viento a 120 km/h, me quedé dormido como un tronco; estaba exhausto. La camioneta nos dejó en Pambarra, a tan sólo 20 kilómetros de Vilanculos. Eran las dos de la madrugada, no había tráfico y estaba empezando a llover, pero pese a todo ello, y pese a llevar nosecuantas horas despierto y en ayunas, estaba dispuesto a caminar los 20 kilómetros que nos separaban de nuestro destino con la mochila a cuestas. Entonces, se nos apareció la virgen en forma de camión cargado de muebles. Subido al remolque del camión, rodeado de gente local y muebles, bajo la intensa lluvia y el viento generado por la velocidad, a las dos de la madrugada, empecé a ser consciente de que no sabía cómo encontrar la casa de nuestra amiga israelí en Vilanculos, y no teníamos conexión a Internet para preguntar por las indicaciones tampoco. Dadas las circunstancias, nos bajamos en la entrada del pueblo y caminamos bajo la lluvia hasta el Baobab Beach Backpackers, con la idea de quedarnos a dormir allí. La mala noticia que nos dio el guardia al llegar fue que él no estaba autorizado a dar las llaves para una habitación, y que hasta las siete de la mañana no abrían la recepción, le preguntamos si nos dejaba quedarnos en la garita con él hasta que amaneciese, y muy amablemente nos llevó al comedor del hostal, una enorme carpa abierta en la que pudimos resguardarnos de la lluvia, tumbarnos en los bancos y dormir.

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Esta foto me la saqué al amanecer, pese la prueba de resistencia que estábamos viviendo, me sentía bien, en paz y a gusto conmigo mismo y con mi entorno. Hablé con el encargado y acordamos que íbamos a desayunar en el hostal como pago por el favor, pero el WiFi del hostal no funcionaba, y seguíamos sin saber cómo llegar a la casa de Romi.

Al final, tuvimos que acercarnos a la tienda de Vodacom para comprarnos una tarjeta SIM mozambiqueña, y por fin contactar con nuestra amiga Romi. Resultó que estábamos realmente cerca de su hermosa casa.

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FIN