Camello ErgChebbi

Desierto de Erg Chebbi: dunas, dromedarios y un tuareg de guía

Es el desierto marroquí, pegado a la frontera con Argelia, se encuentra Erg Chebbi, un cúmulo de dunas que fascinan a cualquiera. Y os preguntaréis, pero si es solo arena, ¿cómo va a “fascinar”? Pues… yo tampoco me lo explico, pero el desierto también tiene su belleza, y estar en medio de “la nada” te hace sentir muchas cosas.

Manteniendo la tónica habitual de este país, este plan no lo elegimos, nos obligaron experimentarlo. Estábamos marchándonos de Aït Ben Haddou cuando un señor de la calle recitó la más temida de las palabras: “¿españoles?”. Ya nos había cazado. Nos llevó a su agencia de viajes para “informarnos” sobre “una experiencia inolvidable”. Es graciosa la distorsión que tienen de la palabra “informar” y como la confunden con vender, insistir, enfadarse si no lo compras, no dejarte marchar, y regatear. Ese “informar” derivó en una ardua negociación en la cual obtuvimos un 25% de descuento sobre el precio inicial: pasaríamos una noche en el desierto por 30€. Tras el “deal” concluimos con el protocolario té con el que se cierran las transacciones.

Carretera Desierto Erg Chebbi

Recorrimos en coche kilómetros y kilómetros de rectas por el desierto para llegar a un palacete a los pies de las dunas. Cabe destacar que en el pueblo anterior, Rissani, nos paró un todoterreno del que salieron dos personas: el mayor de los dos, apoyado en la ventanilla de nuestro coche intentó vendernos una ”inolvidable noche en el desierto”, mientras el adolescente trataba de entrar en el coche para guiarnos hasta el hotel en el que comenzaba la ruta en camello. No aceptaban un “¡NO!” por respuesta, así que tuvimos que acelerar y largarnos: un desfase.

También anecdótico nuestro estreno en el desierto: ¡un chapuzón en una piscina!. Mientras esperábamos a la pareja inglesa y las jóvenes italianas que nos prometieron y nunca aparecieron, preparamos la bolsa para pasar la noche en el desierto: ropa y 3 botellas grandes de agua.

Por fin, a las siete de la tarde partimos montados sobre dos dromedarios, con nuestro guía Ali; un tuareg proveniente de Mali. Las casi dos horas por el desierto que tardamos en llegar al campamento dieron para mucho. No para hacer mucho, sino para sentir y pensar mucho; es la belleza de la nada, te embriaga, te aturde, te sobrecoge y te impacta. Ambos comentamos que la cámara no podía captar la esencia del momento, solo lo intranscendente del lugar.

Desierto Erg Chebbi

Non Gogoa Han Zangoa Erg Chebbi

Erg Chebbi

Manteniendo la tónica habitual, incluso en mitad del desierto fuimos víctimas de unos niños nómadas que intentaron vendernos unas figuritas. El campamento estaba situado en un oasis, y Ali lo dispuso todo para que nosotros estuviésemos cómodos: saco una alfombra, sobre la que puso dos colchones y una mesa, cenamos opíparamente (un manjar digno de dioses), y nos tumbamos bajo un manto de estrellas. Pasamos la noche al raso. El vendedor de Aït Ben Haddou, estaba en lo cierto; una noche inolvidable, pese a la ausencia de las jóvenes italianas.

El siguiente día nos despertó Ali al grito de “¡VASCOS!”; eran las 6:34, hora de presenciar el amanecer. Desayunamos viendo cómo despertaba el sol.

Nos despedimos del campamento, y volvimos a subirnos a los dromedarios para regresar al palacete en el que habíamos dejado las mochilas y el coche, nos dimos una ducha, echamos una cabezadita, y nos marchamos en busca de una gasolinera, ya que el coche estaba en reserva: fueron unos momentos bastante tensos, porque estábamos en medio del desierto, perdidos en una maraña de pistas demasiado abruptas para nuestro cochecito, y no sabíamos dónde estaba la gasolinera más cercana, toda una aventura.

Coche alquilado Marruecos

Por suerte, llegamos 🙂