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El viaje en tren de Budapest a Cracovia

 

La llegada a Cracovia fue de lo más curiosa, veníamos en tren desde Budapest, y tuvimos que hacer dos cambios de trenes para llegar a destino.

Hicimos el primer cambio de tren en Břeclav, un pueblo alejado de la mano de Dios en la frontera entre la República Checa, Eslovaquia y Austria: la estación era un apeadero en medio de la nada. Resulta que hay dos líneas de tren muy importantes que se cruzan en este punto: una línea que va desde Budapest hasta Berlín, y otra que une Viena y Varsovia. Pues el tren que debíamos tomar venía tarde y tuvimos que esperar. Ya mientras esperábamos en la estación detectamos a un individuo bastante peculiar, que aunque iba bien vestido estaba bebiendo cerveza (algo muy típico en los trenes europeos) y no paraba de moverse a nuestro alrededor. Cuando llegó el tren, con 20 minutos de retraso, subimos y nos acomodamos en una cabina mi novia y yo; el señor anteriormente mencionado nos vio y se metió en nuestro compartimento.

Al principio no intercambiamos palabra, pero el viaje era largo, y terminamos conversando, el señor resultó ser súper majo, era polaco y hablaba perfectamente en inglés. Era del norte de Polonia, de Gdansk, pero trabajaba en Varsovia. Nos habló de lo bonita que era la zona norte de Polonia por el mar, hablamos de la situación económica de Polonia y de España, analizamos la crisis europea, etc. En un momento dado, ya dentro del territorio polaco, un grupo de policías armados hasta las cejas acompañados por un pastor alemán irrumpieron en nuestro compartimento para pedirnos los pasaportes. El señor, posteriormente, nos contó que era uno de los tantos métodos que tenían para controlar la inmigración proveniente de Ucrania. Recordad que Polonia es la frontera de la Unión Europea con el exterior.

Lo más curioso del viaje es que una vez más nuestros prejuicios casi nos privan de una agradable y nutritiva charla con un señor polaco.

Nos tuvimos que bajar de ese tren en Katovice, una ciudad fea, sin paliativos, y con una estación de trenes moderna pero desproporcionadamente grande. Perdimos el tren que nos debía llevar a Cracovia, así que tuvimos que esperar tres horas para coger el siguiente. Para hacer tiempo nos paseamos por la ciudad de noche, pagamos para entrar a los baños de la estación y compramos unas patatas en el McDonald’s porque queríamos WiFi (no conseguimos WiFi). Tras todo el día en el tren y esta larga espera por fin había llegado el momento de coger el tren.

Bueno, el tren que nos llevó a Cracovia era terrorífico, daba miedo literalmente. Viejo y destartalado, en los compartimentos la luz se iba a ratos, en los baños había sangre junto con cristales rotos, y para colmo el tren avanzaba a una velocidad irrisoria entre los nevados bosques. Vamos, que si alguien hubiese querido subirse en marcha y descuartizarnos lo tenía muy fácil. Nos quitamos el “miedo” de encima haciendo el tonto dentro de nuestro compartimento, saltando, haciendo fotos… y con ese divertimento llegamos a Cracovia.

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Cuando nos bajamos del tren era casi media noche, y no había nadie en las nevadas calles. Es curioso que, en Cracovia, en vez de quitar la nieve de las calles, la prensan y echan piedrecitas para no resbalarse, así que sobre esa superficie nos deslizamos hasta encontrar a alguien que nos pudiese indicar cómo llegar a nuestro hostel pero no encontramos a nadie que hablase inglés, así que nos tuvimos que buscar la vida, y conseguimos llegar a pie. Final feliz 🙂

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