Brasil

En busca de ruinas en la selva (Brasil)

La ermita de Santo Antonio de Guaibe es una muestra de que los jesuitas han dejado su sello en Brasil; llegaron con los primeros colonizadores y se enraizaron en el país. Algunos de estos vestigios fueron abandonados hace años, y la madre tierra las ha deborado. Es el caso de la ermita de Santo Antonio de Guaibe y el fuerte de São Felipe; construcciones monumentales que ahora forman parte de la selva. Son ruinas en la selva.

Ambas edificaciones están en Guarujá (Brasil), aunque son más fácilmente accesibles desde Bertioga. Para llegar a la zona saliendo de Bertioga, cruzamos la misma balsa que utilizamos para llegar a Playa Blanca, la playa hippie de Guaruja. Desde allí tomamos el camino que cruza la selva para ir a Playa Blanca, hasta que en un punto un camino de tierra se bifurca a mano izquierda. Siguiendo el camino durante algo menos de media hora llegamos a la ermita de Santo Antonio de Guaibe.

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Ermita de Santo Antonio de Guaibe

La ermita, constuida en el 1560, era el lugar en el que el jesuita José Anchieta bautizaba a los nativos. El padre Anchieta fue más adelante fundador de la ciudad de Sao Paulo; tinerfeño de padre vasco. La verdad es que es alucinante ver cómo la naturaleza reclama y recupera lo que le quitamos. Es bonito ver cómo la naturaleza se recupera de la sobrepoblación y el sobreconsumo.

La pequeña iglesia está a pocos metros del mar, y la vista al fuerte de São João de Bertioga (el primer fuerte que construyeron los portugueses en Brasil), que está justo en frente, es preciosa. Di unas cuantas vueltas alrededor de la ermita e intenté adentrarme un poco en lo espeso de la selva, intentando seguir los muros para ver el alcance de la zona construida.

Justo al lado de la ermita hay unos silos que servían para almacenar la grasa de las ballenas. Debe de ser muy interesante ver dichos silos, pero desgraciadamente no los encontramos.

ermita de santo antonio de guaibe

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Siguiendo el sendero hacia adelante encontramos un pequeño poblado. En esta aldea solo había un bar y un par de casas en las que ofrecían alojamiento a cambio de unos reales. Allí coincidimos con dos brasileños que venían del Fuerte de São Felipe (también conocido como Fuerte São Luiz o Fuerte de Piedra). Nos dijeron que merecía la pena adentrarse en la selva para verlo, así que allá fuimos.

Fuerte São Felipe (o Fuerte São Luiz)

La senda es apenas perceptible en la selva; los árboles, los arbustos, las raices, las lianas, y demás vegetación cierran el camino. Eché de menos tener un machete jajaja. La verdad es que daba para sentirse como Indiana Jones. En la selva todo es XXL; vimos arañas enormes, hormigas enormes, mariposas enormes y preciosas, y hasta el esqueleto de una serpiente.

Cuando llegamos al fuerte São Felipe apenas era posible saber que uno estaba en un fuerte. La vegetación se lo ha comido absolutamente todo, tanto, que ni saqué fotos, porque en las imágenes no se llega a apreciar que es una construcción humana. En medio del fuerte hay un pozo de agua, en uno de los extremos hay un puesto de vigía del que solo sobrevive la base, y donde se acaba el fuerte hay un caminito por el que se puede bajar a la orilla. Desde la orilla se puede apreciar bien el muro de rocas del fuerte. Allí, la vegetación no ha podido comerse la pared exterior del fuerte por los envites del mar.

Este Fuerte de Piedra se construyó en el año 1552, frente al fuerte de São João de Bertioga. Entre ambos fuertes, cruzaban el fuego para que los enemigos no pudieran entrar al río. Además, el Fuerte de São Felipe destaca porque no puede ser atacado por tierra, dado que lo rodea la montaña, cubierta de espesa selva. El fuerte lleva más de 200 años abandonado, pero en sus tiempos de gloria sirvió de cobijo, entre otros, para el famoso artillero alemán Hans Staden, que vivió en el fuerte durante 9 meses, hasta que fue devorado por los indios tupinambás.

Ermita de Santo Antonio de Guaibe desde el fuerte Sao Joao de Bertioga

Faro de Armação

La pareja de brasileños nos dijo que siguiendo el sendero aun más allá del fuerte había un faro; el faro de Armação. Así que, seguimos el sendero, que estaba aun más cerrado que el tramo anterior. No fue fácil avanzar. Pero, poco a poco fuimos adentrándonos más y más en la espesura del bosque. Cuando ya estaba a punto de plantearle a Miren la idea de darnos la vuelta, vimos el faro. Es curioso cómo muchas veces justo cuando estamos a punto de conseguir el objetivo nos entran las dudas.

Los últimos metros fueron realmente difíciles; muchísima vegetación y agujeros llenos de telas de araña por los que cabe una persona. De todas formas, conseguimos llegar hasta la base del faro de Armação. Vimos que había una cuerda por la cual escalar hasta la parte superior de la roca, y desde allí subir al faro. Al principio Miren no quiso subir, pero la animé, y con un poquito de ayuda conseguimos coronar el faro juntos.

A la vuelta, la marea había subido, y la última parte del sendero antes de llegar a la aldea estaba inundada por el mar. Así que, con los pies mojados, pero en la aldea nos tomamos una cerveza y unas patatas fritas, nos dimos una ducha con agua fresquita y disfrutamos de las vistas de Bertioga.

El sendero hasta las ruinas de la ermita de Santo Antonio de Guaibe es un paseo muy agradable, y una excursión de día completo si se sigue el camino hasta el fuerte de São Felipe y el faro de Armação.

En busca de ruinas en la selva (Brasil)
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