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Las apariencias engañan: nos dan miedo las cosas viejas

Nos dan miedo las cosas viejas: relacionamos lo viejo con lo malo y lo peligroso. Puede que se deba a nuestra mentalidad occidental capitalista americanizada. Un ejemplo simple: comprar ropa nueva cada temporada ¿Por qué? ¿Acaso la ropa pierde su capacidad aislante de un año a otro? Y cuando vemos a alguien con ropa pasada de moda… ¡Madre mía! ¿Por qué viste así? ¿Es que no tiene gusto a la hora de vestir? ¿Es que no tiene dinero para comprar ropa?

Nos fijamos demasiado en la forma y eso nos priva de descubrir cosas maravillosas por no haber indagado algo más para llegar al fondo.

Dicen que el miedo es una reacción instintiva que tenemos los animales ante situaciones potencialmente peligrosas, pero muchas veces reaccionamos con miedo ante situaciones desconocidas que a posteriori probamos que son inofensivas: y esto se debe única y exclusivamente al desconocimiento.

Aunque hayamos recibido una “buena educación“, hay muchísimas cosas que hemos asimilado porque así nos las han enseñado,  sin que sean ciertas (a estas cosas yo las llamo prejuicios), como los humanos de la caverna de Platón.

A no ser que las conozcamos al detalle o les tengamos un especial cariño, las cosas viejas nos aterran: una casa abandonada, un barrio deteriorado, etc. Y es todo porque lo desconocemos y porque creemos que debemos retirar las cosas viejas para reemplazarlas por otras más nuevas. Al fin y al cabo, en ese dogma se basa nuestra economía, no podemos culparnos.

Pero esta mentalidad me jugó una mala pasada la primera vez que viajé hacia el este de Europa. Llegué a Budapest en tren desde Viena, y la llegada fue bastante impactante: la estación es vieja y está llena de trenes viejos, hay luces fundidas y gente que no inspira excesiva confianza ofreciendo servicios de taxi. Al bajar al metro la cosa no mejora: todo es viejo, no admiten tarjeta de crédito, no encontrábamos cajeros… un desastre. Al final conseguimos sacar dinero y montarnos en el metro (con la mitad de las luces fundidas) que nos llevo hasta el hostel. La fachada de la casa en la que estaba ubicado el hostel se caía a cachos, tocamos el timbre, abrimos la puerta del portal, y ¿qué era aquello? Parecía que había pasado Atila por allí, todo estaba viejo o roto. Hasta aquí, todo era aterrador, y ya estaba esperando que algún europeo del este con pinta de portero de discoteca me matase y violase a mi novia. Por suerte el hostel era acogedor y la recepcionista muy amable, lo cual nos hizo sentirnos más relajados.

Cuando dejé de fijarme en lo superficial y mantuve contacto con personas del lugar me di cuenta de que el fondo de las personas es mucho mejor que el de las gentes occidentales. En países como Polonia, Hungría, República Checa, Serbia o Montenegro, que no lideran ningún ranking económico ni gozan de instalaciones súper costosas sufragadas gracias al despilfarro público, me han tratado de manera exquisita: las apariencias engañan. Son gente hospitalaria que intenta saltar la barrera idiomática para ofrecerte ayuda de cualquier tipo. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de otros países más “punteros”.