Leon

Los mayores retos surgen cuando menos te lo esperas

Sentí que mi cuerpo tocaba el suelo, mi colchoneta se había pinchado y tenía los músculos de mi espalda doloridos. Estaba intentando incorporarme cuando abrí los ojos, y vi que Carlos estaba intentado hacer lo mismo; la primera frase que brotó de mi boca fue “chicos, he tocado fondo”, Carlos se rió y contestó con su acento canario “¡buenos días hombre!”. Pese al percance con la colchoneta, se estaba a gusto dentro de la tienda de campaña, durante la noche varios animales salvajes e insectos habían interrumpido nuestro sueño, y al amanecer todo estaba más calmado, además, la temperatura era perfecta, lo cual no es muy común aquí en África.

Se estaba a gusto, pero estamos en el Delta del Okavango, en Botswana, y tocaba ir de safari al Moremi Game Reserve, una zona protegida dentro del área del delta, así que recogimos nuestra tienda, desayunamos los mismos cereales de siempre y nos montamos en el coche. Para cuando nos pusimos en marcha eran las 7:30 de la mañana, bastante tarde, teniendo en cuenta que los días anteriores nos habíamos puesto en marcha a las 5:30, pero bueno, pensábamos dormir en el área de Moremi, que está a tan sólo dos horas de coche de Maun, así que suponíamos que tendríamos tiempo de sobra (suponer es una costumbre muy mala jeje).

Vista Aerea Okavango

Al principio la carretera estaba asfaltada, pero al de poco empezó un camino de tierra y polvo, lleno se socavones y con elefantes a los lados. Estábamos emocionados, por fin empezábamos a darle uso real al flamante todoterreno que habíamos alquilado, yo conducía a toda pastilla por entre arena y agujeros hasta que una barrera cortó nuestra marcha, una señora se acercó para abrírnosla, y a Carlos se le ocurrió la brillante idea de preguntarle dónde podríamos encontrar la siguiente gasolinera, la mujer se sorprendió al escucharnos y nos dijo que la siguiente se encontraba a unos 400 kilómetros de allí, cerca de las Cataratas Victoria, pero que si queríamos ir a Moremi, y de allí a las Cataratas Victoria, gastaríamos por lo menos un tanque de gasolina entero, ya que sólo hay caminitos de arena. Nos quedaba un tercio del depósito y teníamos en el maletero un bidón con 25 litros de gasolina, así que tuvimos que dar la vuelta y volver a recorrer los 50 kilómetros que nos separaban de Maun, repostar, buscar una tienda de souvenirs para que Christian pudiese comprar un imán y una banderita de Botswana, y 3 horas más tarde volvimos a ponernos en marcha, cruzamos la barrera de la señora, condujimos hasta la entrada del parque, pagamos la entrada (410 pulas los tres con el coche) y la noche en el campamento (810 pulas entre los tres), y entramos. En la oficina de la entrada nos habían enseñado en el mapa qué carretera coger, pero adquirir el mapa costaba 100 pulas (9€), así que no lo compramos, creíamos que seriamos capaces de hacerlo por nuestra cuenta.

El Moremi es una zona protegida dentro del Delta del Okavango, pero no es un parque nacional al uso: está lleno de animales salvajes, no hay vallas que lo delimiten, los precios son muy caros para que poca gente acceda a él, y no está acondicionado para el ser humano (los campamentos no tienen vallas para protegernos de los animales salvajes, sólo hay caminos de arena, tierra, barro y zonas anegadas de agua, tampoco hay cobertura telefónica ni manera de pedir auxilio en caso de necesidad). Es, sin duda, el lugar más salvaje en el que he estado en toda mi vida.

Vimos un montón de animales: elefantes, hipopótamos, cebras, antílopes, un gueparpo (que hasta entonces no habíamos visto), un león y una leona, entre otros. Además, yo estaba pasándomelo genial conduciendo, el todoterreno iba como la seda por encima de la profunda arena. Le cedí el volante a Carlos para que él también pudiese disfrutar de la conducción, abrí la app de mapas que tengo en el móvil para chequear dónde estábamos y ¡DIOS! estábamos a 60 kilómetros de nuestro campamento, ya eran las cuatro de la tarde y teníamos que llegar allí antes de las siete si no queríamos recibir un regalito en forma de multa. Le metimos toda la caña que pudimos al coche, y empezó la aventura.

Guepardo dormido

Guepardo Moremi

Leon Moremi

Leones Botswana

Tras media hora de conducción extrema en la que nos golpearnos varias veces con la cabeza en el techo, llegamos al campamento Third Bridge, a 18 kilómetros del nuestro, y aún teníamos una hora de luz. Nada más pasar el campamento nos encontramos con la primera gran traba, una charca de agua de unos 20 metros de largo que anegaba la carretera, seguido de un puente de madera. Nos lo tomamos como si fuese el mayor reto de nuestra vida, yo salí del coche y comprobé la profundidad del mismo, no era nada profundo y aunque lo pasamos con mucha facilidad, estábamos nerviosos, y celebramos la hazaña. Seguimos unos cuantos metros y nos encontramos con el inmenso pantanal de la imagen, estábamos cagados de miedo, no sabíamos si el coche sería capaz de pasarlo, era una mezcla entre incertidumbre, curiosidad, miedo y ganas, no medimos la profundidad, y entramos a todo trapo en él. Todo eran risas hasta que el morro se sumergió, una masa de agua cubrió el parabrisas y el agua empezó a entrar por las ventanas. Por arte de magia, el coche, que iba con la reductora en tercera, salió de allí a ralentí. Nos bajamos del coche incrédulos, gritando, saltando y celebrando, salía agua de todas partes, y pudimos comprobar que el capó estaba hundido, la matricula suelta, y el embellecedor de plástico roto, la verdad es que eran males menores, ya que nos habíamos enfrentado a que el coche se quedara atascado en el agua.

Moremi Game Drive

Metimos primera y seguimos nuestra ruta, pero cuando Christian engranó la segunda, el coche perdió fuerza y se apagó. Escalada de tensión, la situación se había puesto seria, el coche no tenía simples daños estéticos, parecía que algo en su interior estaba realmente jodido. Tras varios intentos, el coche arrancó, pero al meter la segunda se volvió a calar. En un momento de tensión total, el coche arrancó y Christian decidió conducir en primera un buen rato antes de cambiar de marcha, el coche volvía a funcionar, pero la alegría dura poco en casa del pobre, otra poza de agua aparecía ante nuestros ojos.

Me metí en el agua para comprobar la profundidad del mismo, fue un momento muy tenso, porque sospechábamos que podía haber cocodrilos e hipopótamos sumergidos, aun así, era necesario, teníamos que cerciorarnos de que el coche sería capaz de cruzarlo, y no cometer el error que cometimos la vez anterior. En el punto más profundo el agua me llegaba por las pelotillas, pero, ¿eso es mucho o poco? se me ocurrió volver al pantanal en el que casi hundimos el coche para ver cuanto cubría allí y comparar; ¡me cubría por encima de la cintura! Esto significaba dos cosas: una, que habíamos tenido una suerte de flipar por haber conseguido cruzar y no quedarnos atascados, y dos, que el segundo pantanal al que nos enfrentábamos era algo menos profundo. Lo jodido era que el coche no funcionaba al 100%, y que cabía la posibilidad de que se parase en el agua. Una decisión complicada, ¿intentar cruzar hacia delante y arriesgarnos a que el coche se quede atrapado? ¿Y si conseguimos pasar el agua y nos encontramos más pozas bloqueandonos el camino? ¿intentar retroceder y arriesgarnos a que el coche se quede atrapado? ¿quedarnos allí mismo y dormir dentro del coche cruzando los dedos para que ningún animal salvaje nos ataque? Se estaba haciendo de noche, estábamos solos en medio de la nada y obviamente no había cobertura telefónica, tampoco había tiempo, no sabíamos el alcance de la avería del coche, no sabíamos qué nivel de agua podía soportar nuestro Ford Ranger, y no conocíamos la técnica para cruzar aguas profundas con el todoterreno, pero teníamos que tomar una decisión, y ninguna de las opciones era del todo buena, todas ellas entrañaban peligros.

Fue la decisión más dura de mi vida, máxima tensión, sin tiempo para meditar o buscar más alternativas que las arriba planteadas, Carlos y Christian, que habían conducido el coche a través de la primera y la segunda laguna respectivamente, querían que, en caso de cruzar la charca, fuese yo el que condujese el coche esta vez, porque yo era el que más experiencia tenía en conducción fuera de pista, y sí, me muevo bien en la nieve, y no tuve ningún problema en la arena, pero en mi vida había cruzado un río. Acotamos las posibles soluciones a: que yo cruzase la tercera laguna y cruzásemos los dedos para que no hubiese más agua en el camino hasta nuestro campamento, o quedarnos allí a dormir y cruzar los dedos para que no nos atacase ningún animal salvaje. Sentía toda la presión del mundo sobre mi, y mi dilema era: si intento cruzar, ¿estoy forzando la situación? ¿lo hago por orgullo?, y si decido no hacerlo, ¿soy un acojonado? ¿un gallina?. Tenía muy presente mi aventura en el Himalaya, aquel suceso fue un punto de inflexión en mi vida, y aprendí muchísimas cosas, a las duras y a las maduras, pero, ¿esta situación es comparable a aquella?. Mi opción predilecta era subirme en el coche y cruzar, pero me preocupaba entrar en la charca, y apichonarme cuando el agua empezase a pasar por encima del capó y entrara en el habitáculo traspasando las puertas, no ser capaz de mantener la sangre fría, no ser capaz de seguir un ritmo constante y estable durante los 30 o 40 metros de extensión de la misma: los 15 segundos más largos de nuestras vidas.

Entré varias veces en la poza para buscar la zona más favorable para cruzar, buscando la zona arenosa menos profunda, intentando evitar el lodo, y… decidido, voy a cruzar, y voy a llegar al otro lado. Entramos en el coche, puse la reductora, engrané primera, engrané segunda, y a una velocidad lenta pero constante empezamos a cruzar, estábamos callados dentro del coche, con la mirada fija en la otra orilla, nuestro único pensamiento era llegar, que el coche no se apagase, y alcanzar la orilla. El coche se bamboleaba de lado a lado, el agua subía por encima del capó, pero no falló, y yo mantuve el ritmo constante, hasta que llegamos a la otra orilla. No hay palabras para describir lo que sentimos, liberamos toda la tensión gritando, gritando y gritando, yo le di una buena paliza al volante, y seguimos gritando. Nos abrazamos y paramos un segundo para beber agua y recobrar la calma antes de seguir.

El camino se bifurcó en una gran explanada de pura savana, cruzamos una zona arbolada, y cuando salimos de la misma, nuestra moral se fue literalmente a la mierda al toparnos de frente con otra pedazo de poza. Salimos del coche destrozados, el sol ya había caído en el horizonte, y apenas había luz en el cielo, la poza era larguísima pero aun así entré en el agua con la esperanza de que no fuese demasiado profunda; el agua me llegaba hasta el ombligo, era jugársela demasiado, el coche no lo iba a soportar. Estuvimos 5 minutos proponiendo soluciones: ¿jugárnosla e intentar retroceder las tres charcas para pasar la noche en el Third Bridge Camp? o ¿quedarnos en la gran explanada de la savana y dormir dentro del coche hasta que pasase alguien al día siguiente? Optamos por la segunda, paramos el coche y nos quedamos dentro, nos pusimos a organizar el espacio dentro del habitáculo para poder dormir cuando sucedió el milagro: Christian vio una luz en la oscuridad. Arrancamos el coche, pusimos las luces largas y las de emergencia y tocamos la bocina, pero la luz había desaparecido. Christian y Carlos sacaron la cabeza por la ventana para gritar cuando la luz volvió a aparecer, era un todoterreno que estaba cruzando la poza que nosotros no nos arriesgamos a cruzar, y tras un momento de locura, condujimos hasta bloquear con nuestro coche su trayectoria. Los del otro coche bajaron la ventanilla e intenté explicarles cual era nuestra situación mientras Christian me insistía a gritos que les rogase que condujeran nuestro coche a través del agua, pero la actitud de los chicos del otro coche hacia nosotros no era nada buena, nos dijeron “take off your shoes and drive through the water” con tono despectivo, ¿en serio? que entrase agua dentro y se me mojasen los pies era lo que menos me preocupada en ese momento, nuestro coche no funcionaba bien, y mientras les explicaba que el coche se nos había apagado repentinamente me cortaron con un “just follow us”. Emprendieron la marcha sin esperar un sólo segundo, y les seguí a toda velocidad por la arena hasta que llegamos a la poza, en ese momento ellos entraron al agua y yo iba a ir por detrás. Dentro de nuestro coche se escucharon todo tipo de gritos “pero diles a ellos que nos lo pasen”, “diles que no funciona”, “nos vamos a quedar atascados en la mitad” y la última antes de entrar con toda la determinación del mundo en el agua fue “¡¡NO SEAS TAN PUTO VASCOOO!!”. Para mi, la única manera de demostrarles a los del otro coche que estábamos en verdaderos apuros y que no éramos unos miedicas preocupados por mojarnos los pies era intentar pasar el agua como un campeón; si nos quedábamos atascados, suponía que ellos se verían obligados a ayudarnos, no nos dejarían a merced de cocodrilos e hipopótamos, ¿verdad?. Entré en el agua con toda la determinación del mundo, era noche cerrada, y cuando los faros se sumergieron bajo el agua crearon un efecto fantasmagórico, parecía que estábamos metidos en la piscina de un hotel de noche. El coche pasó el punto más profundo del pantanal y comenzó a emerger, parecía que estábamos cerca de lograrlo, yo seguía pisando el pedal de manera constante cuando el coche empezó a morir, perdió fuerza, las revoluciones cayeron de 3.000 a menos de 1.000 en un segundo, todas las luces del panel empezaron a parpadear, y cuando noté que el coche estaba a punto de calarse, pisé el embrague con el acelerador pisado a fondo, engrané primera, y el coche murió. Me hirvió la sangre, saqué la cabeza por la ventana y grité volcando toda mi ira contra los del otro coche “I TOLD YOU!! I TOLD YOU!! THE CAR DOESN’T HAVE ENOUGH POWER!!”. Vi que el agua cubría tres cuartos de las ruedas, y salí por la ventana. Los del otro coche vieron que nuestro coche estaba atascado, y se bajaron para ver cómo podían ayudarnos, se trataba de un guía botswanés, y un ingeniero mecánico bávaro. Era evidente que el coche no funcionaba, y su actitud hacia nosotros cambió radicalmente, probamos a encenderlo, y aunque arrancó un par de veces, volvía a apagarse repentinamente, así que sacaron una cuerda y buscamos a ciegas bajo el agua un anclaje para amarrar nuestro todoterreno y remolcarlo.
Tiraron de nuestro Ford Ranger para sacarlo del agua y lo remolcaron por los caminos de arena, cruzamos a remolque la siguiente poza (la que destrozó nuestro coche), y mientras nos dirigíamos camino al campamento, el Toyota Hilux que nos remolcaba se quedó atascada en la arena; putadón. Por arte de magia, nuestro coche arrancó, e intentamos tirar de ellos marcha atrás para sacarlos de la duna, pero no teníamos suficiente potencia ni tracción para sacarlos, así que nos bajamos todos del coche en aquel entorno infestado de animales salvajes en su hora de la cena, desatamos los coches, empujamos el nuestro hacia atrás, desenterramos las ruedas de la Hilux y lo empujamos con todas nuestras fuerzas, yo estaba descalzo y tenía toda la ropa mojada, además estaba justo detrás del tubo de escape, y el humo a presión que salía del motor hacía que los granos de arena saliesen disparados a toda velocidad pelándome la piel, pero entre todos, con el extra de fuerza que da la adrenalina, y gritando de rabia, conseguimos que el coche empezase a salir del atolladero. El ingeniero alemán se montó en nuestro coche y lo condujo hasta el campamento en primera con la reductora; parecía que el motor iba a reventar, pero él aseguraba que teníamos agua dentro de los pistones del motor, y que necesitábamos expulsarla.

Llegamos al campamento, una hiena merodeaba por la zona, y aparcamos el coche. ¿Salvados? charlamos con el ingeniero y el guía, nos comentaron que el camino que habíamos tomado no era el camino principal, pero como nos habíamos negado a pagar 10 euros por un mapa a la entrada, no teníamos ni idea de que estábamos perdidos, cenamos (el alemán nos dio una cerveza fría a cada uno), y tras calmarnos un poco, abrimos el capó del coche; más problemas. El filtro del aire estaba lleno de agua, bloqueando la entrada de aire al motor, y como habíamos conducido entre arena y polvo después de que le entrase agua, estaba lleno de barro. El motor tampoco se libraba, había entrado agua dentro, y el aceite (que debería ser negro) era una pasta blanquecina, parecida al jabón. El filtro del aire podíamos limpiarlo un poco con nuestras manos y dejarlo secar durante la noche, pero lo del aceite era bastante grave, necesitábamos cambiarlo, porque estando el coche en esas condiciones no íbamos a ser capaces de cubrir los 150 kilómetros que nos separaban del pueblo más cercano, Maun. Si conseguíamos el aceite, tanto el guía como el ingeniero alemán nos ayudarían a hacer el cambio de aceite, pero como el coche no tiene manual de instrucciones ni teníamos acceso a Internet, no sabíamos que tipo de aceite ni cuanta cantidad nos hacía falta, y con ese plan nos metimos en nuestra tienda de campaña para dormir.

Ford Ranger Moremi

El siguiente día por la mañana, un campista sudafricano se acercó para echar un vistazo al coche, y nos dijo que su compañero tenía 5 litros del aceite sintético que nos hacía falta, así que le compramos el bote por 400 pulas (36€), y nos dispusimos a hacer el apaño, nos hicieron falta un par de herramientas que nos dejó el ingeniero alemán, pero conseguimos vaciar el motor de aceite. Montamos un cristo importante, porque los coches modernos son más difíciles de reparar que los antiguos por su complejidad, pero… del motor salieron aproximadamente 8 litros de aceite, y sólo teníamos 5 para sustituirlo. Conseguimos 2 litros más de aceite en la oficina del campamento, y aunque era otro tipo de aceite, y aunque faltaba 1 litro para alcanzar el nivel óptimo de fluido, lo vertimos todo en el motor del coche, le pusimos el filtro del aire ya seco, y la bestia arrancó. Nos hicieron pagar 100 euros extra por haber pasado la noche en un campamento que no era el que habíamos reservado, y nos marchamos con el guía al volante de nuestro coche; el alemán, que estaba de luna de miel con su mujer, le convenció al guía botswanés para que viniese con nosotros. Guiamos a la pareja alemana hasta otro campamento (el campamento en el que supuestamente debíamos haber pasado la noche), vimos tres leones, y el guía botswanés voló al volante de nuestro Ford Ranger (luego tuvimos que pasar por el taller a arreglar la suspensión…); en dos horas y media habíamos recorrido los 150 kilómetros que nos separaban de Maun.

CONCLUSIÓN Y MORALEJA

África es un lugar salvaje, un lugar lleno de peligros y dificultades para el ser humano. Esto no es Asia, donde con un bañador de flores y unas chancletas havaianas te puedes apañar y además parecer el tío más aventurero del mundo; los animales mandan, y si te equivocas estás muerto, apenas hay poblaciones humanas, olvídate de las carreteras, el calor es extremo, el sol quema y su luz es cegadora, si se te estropea el coche te quedas tirado  en medio de la nada, y puedes no ver a nadie incluso en días. Nosotros no íbamos preparados, y ni siquiera sabíamos que no lo estábamos.

Material apropiado

Tuvimos muchísima suerte; alguien nos encontró, nos dejaron las herramientas, un campista tenía el aceite que nos hacía falta, el guía nos condujo de vuelta gratis, etc. Pensábamos que con tener 25 litros de diesel en el maletero y algo de agua podíamos tirar millas, pero estábamos equivocados, hace falta tener un par de ruedas de repuesto (pueden reventar por el calor, las rocas, los troncos…), un gato bueno (no el típico en forma de X), una bomba de aire (para jugar con la presión de los neumáticos dependiendo del terreno), 5 litros de agua por persona y día, al menos el equivalente a otro depósito de combustible en bidones (en el Kalahari se pueden recorrer 1.200 kilómetros sin gasolineras), un kit de herramientas básicas, madera para hacer una hoguera (el fuego ahuyenta a los animales salvajes), etc. Por todo ello, viajar low cost de safari, como lo hemos hecho nosotros, es peligroso y poco recomendable.

Conocimiento

Aparte de lo anteriormente mencionado, es necesario saber conducir fuera de pista: manejarse en arena, sobre tierra, en el lodo, cruzar pozas o ríos, etc. También importante tener conocimientos básicos sobre supervivencia, estás en un entorno 100% salvaje, puede pasarte cualquier cosa, y hay que estar preparado para apañarse solito: la experiencia es un grado.

Madurez

Constancia y estabilidad, paciencia, calma, cabeza fría. Hay que saber amoldar lo salvaje a uno mismo, y saber amoldarse uno mismo a lo salvaje, encontrar el equilibrio; make it confortable.

Ah! Y sobre todo, no celebrarlo hasta llegar a meta, no relajarse hasta que esté hecho: cuando llegues a destino, aparques, y apagues el motor.

Land Rover BotswanaLas mayores aventuras suceden cuando uno menos se lo espera.