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Námaste Katmandú

Aterrizamos en el aeropuerto de Katmandú sobre las nueve de la noche, una vez bajados del avión y después de haber pasado 27 horas desde que saliéramos de Madrid el día anterior. Básicamente, lo que te apetece es coger una cama y dormir todas las horas que te sean posibles. Pero esto no fue así, el destino nos tenía preparada una pequeña aventura.

El visado

En primer lugar, al llegar a la terminal tuvimos que gestionar todo el tema del visado. En el avión te dan una que has de rellenar con tus datos y presentarla en la aduana para que te estampen la visa en tu pasaporte. Bien pues nos dimos cuenta de que no es necesario guardar ese papel del vuelo; al llegar a la terminal tienes el mismo papel e incluso uno más grande, donde poner tus datos con mayor detalle. También dispones de unos ordenadores, donde escaneas tu pasaporte, metes tus datos y recibes un ticket, con el cual, luego haces la gestión. Las máquinas son sencillas de usar y te ahorras el tener que andar con los papeles a cuestas.

Para pagar la visa (40 dólares por persona y 30 días de estancia), se puede hacer con numerosos tipos de moneda, no se puede pagar con tarjeta, de modo que tendrás que llevar euros, dólares o lo que sea, de antemano, para poder abonarlos al llegar. Sin más preámbulos te estampan el visado en tu pasaporte y de ahí, por la puerta a la calle.

Primer shock

Bien, este es un momento importante, estás en un país muy desconocido, donde las gentes, las costumbres, religión, cultura y un largo etc. son diferentes a las que conoces. Vas a sacar dinero y en cosa de minutos, te ves regateando con uno de los muchos taxistas que se agolpan a la salida del aeropuerto. Acordamos un precio con uno de ellos, para que nos llevara a “Boudha Gate”, una estupa. Un lugar de interés religioso budista.

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Allí, se supone que habíamos quedado con el chico de couchsurfing para poder dormir en su casa durante 4 noches, y digo se supone, porque no dio señales de vida y el teléfono móvil que nos facilitó tampoco estaba disponible, de modo que, nos vimos a las 10 y 30 de la noche, solos, en las afueras de Katmandú y sin absolutamente ninguna alternativa, 1ª aventura.

Al de 5 minutos, aparecieron dos chicas, una de las cuales, nos preguntó si estábamos perdidos y si podía ayudarnos, cosa que para nosotros fue como la aparición de un ángel de la guarda. Estuvimos con ella, hablando durante horas, mientras dábamos vueltas a la estupa, la razón de esto, es que era un día marcado en el calendario budista y había que dar 108 vueltas alrededor de la estructura religiosa.

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La gente local realiza todas las vueltas, incluso, algunos de ellos, van arrastrándose por el suelo, mientras hacen el recorrido.

Finalmente, no completamos todas las vueltas, pero tras horas y horas de peregrinación y charla, si pudimos descansar en casa de la chica en cuestión, una casa bonita y acogedora, con colchones muy cómodos y agua caliente.

La casa estaba justo al lado de un templo budista, que al día siguiente tuvimos la oportunidad de visitar, tanto por fuera como por dentro. El templo, esta repleto de monjes de todas las edades, haciendo sus quehaceres diarios. El edificio es impactante, y ver a los monjes alrededor del mismo, le da un encanto especial.

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También visitamos de nuevo la estupa, que a diferencia de la noche anterior, estaba repleta de gente, con muchísimas tienditas y puestitos a lo largo de la plaza en la que está situada. Pudimos entrar dentro del edificio y contemplar más de cerca todos sus detalles. También una visita muy especial.

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Esta fue la primera experiencia del viaje, y estos los primeros lugares con los que tuvimos contacto. Situado a las afueras de Katmandú, merece la pena visitar esta zona, tanto por la estupa, como por el templo budista y por la visita a Pashupatinath, uno de los lugares más macabros del mundo. Tras dos noches en esta zona, nos dirigimos a Thamel, el centro de la ciudad.