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Pescando con la gente local en Tangalle

Teníamos que dejar la costa y dirigirnos al interior, o ese era el plan en un principio. Pero estábamos tan a gusto. A un paso de la playa, la guest house tenía unos sillones espectaculares en el porche, donde corría una brisilla marina que daba gusto. Además, la dueña nos dejaba utilizar la cocina para cocinar lo que quisiésemos, que tras un mes de comer arroz y noodles, se aprecia. Así que nos venció la comodidad, el no querernos enfrentar a lo nuevo por estar a gusto con lo que teníamos, y nos quedamos un día más; pospusimos la salida un día.

Era un día sin expectativas, no había plan, tirado en el sillón se estaba de lujo. Teníamos sobras de la noche anterior, así que no tuvimos ni que cocinar, nuestro día de pereza y vagueo iba viento en popa.

Pero después de comer y reposar un rato, nuestra conciencia empezó a dar señales de vida, y para que no nos torturase decidimos dar un paseo para explorar la zona y buscar una zona de baño sobre la que habíamos leído en una guía. Salimos, sin demasiadas expectativas, disfrutando del momento, estábamos relajados y a gusto, anduvimos por el paseo un rato, no había nadie, estábamos solos, y decidimos entrar a la playa. Nada más poner un pie en la arena, oímos unos gritos a nuestra izquierda: unos pescadores tirando de una red. Nos hacían gestos para que nos acercásemos mientras gritaban “HELP!”, yo llevaba unos cuantos días con ganas de pescar con los locales, pero la barrera idiomática me daba muchísima pereza, así que nunca me acerqué a hablar con ellos. Con lo cuál, no desaproveché la oportunidad, y nos acercamos a ayudarles.

Este es el comienzo de una tarde espectacular. Estuvimos una hora tirando de la red como locos, mientras conversábamos con los locales y hacíamos planes para después. Cuando sacamos la red, alucinamos con la cantidad de peces que habíamos pescado (incluso pezqueñines). La verdad es que me horrorizé un poco al ver tanto pezqueñín enredado en la red, pero me di cuenta de que allí no se desaprovechada nada, y es que enseguida se acercaron los cuervos (si, no me he equivocado: cuervos) para llevarse todo lo que el humano no quería.

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Los jóvenes habían tirado de la red para sacarla, y ahora había que sacar de la red todo el pescado y clasificarlo: era el turno de los veteranos. Así pues, mientras los mayores clasificaban, repartían y vendían el pescado, los jóvenes nos pusimos a jugar a vóley playa. Jugamos cuatro partidos, hasta que cayó el sol, y nos lo pasamos EN GRANDE.

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El chico que nos llamó para que ayudásemos con la red tenía una guest house en la que servían cenas justo al lado de la playa, y nos acercamos a su restaurante para cenar. Empezamos tomando unas cervezas y conversando con ellos, y, después, obviamente, cenamos pescado recién salido del mar: todo un lujo.

Cuando menos te lo esperas, terminas pescando con gente local en Tangalle.

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