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Sucesos de una inesperada escala en Delhi

Nos cancelaron el vuelo de Delhi a Bengaluru: ¿Putadita? Cuando se cierra una puerta se abre una ventana dicen, y tras dos viajes al aeropuerto de Katmandú conseguimos que nos diesen un vuelo Delhi-Bengaluru 24 horas más tarde, con lo cual, en nuestro periplo aéreo desde Katmandú hasta Colombo (Sri Lanka), debíamos hacer una escala en Nueva Delhi, de casi 24 horas, otra escala en Bangalore, de 1:30 horas, y de ahí a Colombo.

De repente disponíamos de 24 horas en Delhi, y nuestro visado de India es de entrada múltiple, lo cual significa que podemos entrar y salir de India cuantas veces queramos hasta que expire.

En un principio no estaba en nuestro planes salir del aeropuerto, básicamente por todo lo que nos han contado sobre India, y en especial sobre Delhi, ciudad en la que viven 8 millones de “sin techo”. Llegabamos de noche, y nos daba un poco de respeto, cuanto menos. Finalmente, decidimos pasar el día en la ciudad, lo cual, fue todo un acierto.

Nada mas salir del aeropuerto, nos intentaron timar por primera vez; dos indios hicieron en numerito de que el metro estaba cerrado y nos decían que debíamos coger un taxi. Nosotros no nos lo terminábamos de creer, y uno de ellos se puso violento, diciendo que él era trabajador del metro y que no podíamos acceder a las instalaciones; que estaba cerrado. Una pareja de indios apareció, y los estafadores se esfumaron. Esperando al metro, hicimos un grupo de seis personas compuesto por tres israelíes, un chino y nosotros dos. Uno de los israelíes había estado previamente en Delhi, lo cual, facilitó mucho nuestra estancia en la ciudad. En seguida, nos dirigimos a uno de los lugares clave para encontrar alojamiento y poder estar en el centro de la ciudad: el Main Bazar. A eso de las 12 de la noche, por fin, pudimos descansar, aunque fuese en un antro en el que las cucarachas correteaban a sus anchas hasta por encima de la cama.

Al día siguiente, utilizando el concurridísimo metro de Delhi (tenían que empujar desde fuera para que se cerrasen las puertas, no digo más) a modo de transporte, nos dispusimos a ver las más emblemáticas edificaciones que tiene Delhi. De una lista de cinco, sólo pudimos ver uno, el templo de Akshardham. Una zona amplia de terrenos perfectamente cuidados, pórticos y pasillos con ventanales perfectamente construidos, fuentes, estatuas y diferentes zonas milimétricamente cuidadas. En la zona central, se encuentra el edificio principal, un edificio con millones de detalles a lo largo y ancho de toda su fachada, pequeñas estatuillas talladas en la piedra del edificio lo cubrían, mostrando una gran belleza. En su interior, la estatua de oro del hombre por el cual se construyó ese edificio. De entrada gratuita, es una visita obligada en Delhi, eso sí, se deben pasar rigurosos controles antes de poder ingresar en el lugar, no dejan pasar bolsos, mochilas o cualquier tipo de material fotográfico, por ejemplo. Así que, lamentándolo mucho, no tenemos fotos propias que mostraros. El templo es un remanso de paz y limpieza a las afueras de Delhi, que es una ciudad sucia y caótica, pero caótica y sucia de verdad, osea, Madrid, Barcelona, Berlín, París, Londres o cualquier otra ciudad europea que se te ocurra es una hermanita de la caridad al lado de Delhi, en serio, es un desfase.

Después, nos dirigimos al Fuerte Rojo, pero al ir con el tiempo justo debido al vuelo y que cobraban dinero por entrar, decidimos dejarlo para la próxima vez que volviéramos a India y volviéramos a pasar por Delhi. Es decir, mes y medio mas tarde del día de esta escala, aproximadamente. Así que, intentamos visitar la mezquita más grande de todo India antes de dirigirnos hacia el aeropuerto: Jama Masjid. Nuestras amigas israelíes prefirieron no entrar en el recinto, así que entramos Adrián y yo.

Nada más cruzar la valla, hay unas escaleras, unos 30 escalones repletos de personas mendigando: hombres, mujeres y niños. La que más nos insistió fue una niña de unos dos años que portaba un bebé en brazos. El bebé, era muy pequeño, era un recién nacido, y tenía los ojos cerrados e hinchados, cubiertos de legañas. La niña sacudía al niño entre sus brazos para que nosotros lo viéramos, y nos pedía que nos hiciéramos una foto con ella a cambio de 10 rupias (0,13€). Escalamos los escalones, haciendo oídos sordos a toda la miseria que nos rodeaba, y alcanzamos la puerta, donde nos paró un señor grosero y de mala pinta que nos ordenó de mala manera que nos descalzásemos. De repente oímos los gritos de otro hombre que estaba sentado en el suelo a unos dos metros de nosotros, decenas de zapatos le rodeaban, y hacía aspavientos con sus manos, indicándonos que debíamos dejar nuestros zapatos allí. Así pues, nos descalzamos, y le dije a Adrian “prepárate para volver descalzo hasta el hostal”. Volvimos a la puerta, y el grosero espécimen de la entrada nos dijo que teníamos que pagar 300 rupias por entrar (hacía 10 segundos, cuando nos mandó que nos descalzásemos no mencionó nada sobre el precio de la entrada), nos dijo que por llevar una cámara teníamos que pagar 300 rupias por cabeza, y es que Adrian llevaba la GoPro colgada de la mano. Le dijimos al espécimen que íbamos a dejar la cámara a nuestras amigas, y que volveríamos para entrar, y nos dijo que para nosotros la entrada costaría 300 de cualquier manera (a todo esto, había gente entrando y saliendo sin ningún tipo de control, aunque, bien es cierto que todos vestían indumentaria musulmana). Estás en Delhi con un calor pegajoso, te sientes sucio porque llevas dos días sin ducharte, llevas todo el día pateando la ciudad, viendo pobreza, siendo asaltado por indios que te quieren vender lo que sea, oliendo miseria y desgracia a cada paso, y un energúmeno termina de tocarte las narices; esa es la situación. Así que nos giramos para calzarnos los zapatos y marcharnos, pero nuestro calzado no estaba ahí, había desaparecido, ni rastro.

Empezamos a hablar con “El Señor de los Zapatos”, y nos dijo que teníamos que pagarle 10 rupias para recuperar nuestro calzado. Le explicamos que ni siquiera habíamos entrado, que habíamos dejado los zapatos apenas 30 segundos antes, y mientras discutíamos con él, vi nuestro calzado escondido debajo de una mesa pequeña. Adrián se negaba a pagarle las 10 rupias, y el señor empezó a gritar “TEN RUPEES, TEN RUPEES!”, por primera vez en meses empecé a sentir rabia en mi interior, han pasado 17 días desde aquel suceso e incluso ahora, mientras lo escribo, siento que me enciendo… La gente comenzó a agolparse a nuestro alrededor, obviamente, todos musulmanes con sus largas barbas y sus túnicas blancas, mofándose de nosotros. Y aquí es donde me pregunto ¿Le estoy dando demasiada importancia a la situación? ¿Va a amargarme un suceso así de absurdo? ¿Es absurdo? ¿Estoy en peligro? ¿Tengo miedo de esas barbas y esas túnicas por las cosas que veo en la televisión occidental? Pues no lo sé, pero me los quería cargar a todos en ese momento. Al final le dije a Adrián que cediese, le pagamos las 10 rupias al de los zapatos y nos marchamos. Por cierto,10 rupias, como ya he dicho al principio del post, son 13 céntimos de euro.

Bajamos las escaleras a toda velocidad mientras la niña con el bebé en brazos nos pedía dinero, mientras oíamos los llantos de una mujer que se mecía sentada en las escaleras, hasta llegar a la valla, donde nos esperaban las chicas israelíes, ajenas a todo el follón. Entonces, un grupo de niños nos abordó pidiendo que les comprásemos globos a 10 rupias, los niños saltaban y agitaban los globos, intentando acercarlos a nuestras caras, hablando cada vez más y más alto: huimos.

A pesar del poco tiempo que estuvimos en Delhi, nos sirvió para darnos cuenta de varias cosas. Es una ciudad de contrastes extremos. Es una ciudad que altera tus sentidos, lo que ves, oyes, hueles y sientes es difícilmente comparable con otra cosa conocida hasta la fecha. De camino a los templos y caminando en plena ciudad, te encuentras gente en cada esquina; niños, mujeres, hombres, mayores o pequeños, cientos de personas pidiendo, gente deforme, con enfermedades irreconocibles, ciegos, sordos, niños con bebés en brazos, una cantidad enorme de gente mendigando de diferente modo, las calles son un caos, las estaciones de tren una hospedería para decenas y decenas de familias enteras.

En fin, escribiremos más acerca de India y más concretamente de Delhi cuando volvamos. De momento, una ciudad-caos, llena de contrastes, y, la cual, te dejará sin palabras en infinitas ocasiones.

Por cierto, hoy, 17 días después (aunque pongo fecha de publicación 5 de diciembre, porque fue cuando sucedió, lo estoy escribiendo y publicando el día 22), y como media hora antes de ponerme a escribir el post, uno de nuestros amigos canarios me ha dado 10 rupias que ha encontrado en su cartera: “para que te los gastes en India”.

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